lunes, 22 de mayo de 2017

LOS MÁRMOLES DE ELGIN: BRING THEM BACK!



Os decía el otro lado que nos ocuparíamos hoy de la Acrópolis de Atenas y de la controvertida figura de Lord Elgin. Empecemos por la primera.
La Acrópolis (etim. ἄκρος ‘elevado’, πόλις ‘ciudad’; ciudad elevada) fue el núcleo originario de la ciudad de Atenas. Su situación facilitaba la defensa en caso de agresión exterior y en ella se agrupaban los edificios sagrados. Su templo más representativo es el celebérrimo Partenón de Atenas.
Su nombre procede del griego πάρθενος, ‘muchacha’, y se refiere a la diosa Atenea, patrona de Atenas. En efecto, Poseidón y Atenea se disputaron el dominio del Ática -región en la que se encontraba Atenas-. Para ganarse el favor de los atenienses, Poseidón golpeó una roca con su tridente e hizo brotar una fuente de agua. Sin embargo, el agua era salada y no se podía beber. Atenea, por su parte, hizo crecer un olivo, elemento fundamental en el mundo antiguo. Los atenienses eligieron el regalo de Atenea, que, desde entonces, se convirtió en protectora de la ciudad.



El Partenón fue construido en el siglo V a. C., diseñado por el arquitecto Fidias. Se inscribe en el llamado orden dórico. Sus frisos están decorados con escenas de guerra: de los dioses contra los gigantes, de los lapitas contra los centauros, de los aqueos contra los troyanos y de los griegos contra las amazonas. Se representa, además, el enfrentamiento de Poseidón y Atenea.



El caso es que parte de estas esculturas fueron retiradas de su emplazamiento original y llevadas a Londres por Lord Elgin, embajador británico en Constantinopla desde 1799, con el permiso del sultán turco. El objetivo de Elgin era, al parecer, familiarizar a sus compatriotas ingleses con las antigüedades griegas. Sin embargo, las esculturas arrancadas del Partenón -en algún caso con palanca-, conocidas con el significativo nombre de mármoles de Elgin, acumularon polvo y humedad durante años en los sótanos de aquel, hasta que fueron vendidas al gobierno inglés y llevadas al Museo Británico de Londres en 1816. Son todavía una de las colecciones estrella de este, pese a las reinvindicaciones del gobierno griego y a numerosas campañas que, bajo el lema de Bring them Back!, pretenden la devolución de los mármoles a su antiguo propietario, el pueblo griego. Desde el Museo Británico se objeta, a su vez, que los mármoles fueron cedidos por el Sultán y que, además, sus instalaciones se prestan mejor a la guarda y conservación que las de los griegos.



Y vosotros, ¿qué opináis? Documentaos sobre el tema y armaos con argumentos porque... ¡toca debatir!

“MISSOLONGUI, 1824” (JOHN CROWLEY)



Afrontamos ya la recta final del curso y es tiempo de echar la vista atrás y dejarnos llevar por la nostalgia, que -¡oh, sorpresa!- es también un término de origen griego. “Nostalgia” es, según el DRAE, ‘pena de verse ausente de la patria o de los amigos’ y también ‘tristeza melancólica originada por el recuerdo de una felicidad perdida’. “Nostalgia” procede de νόστος (“regreso”) y ἄλγος (“dolor”). Su significado sería, así pues, algo así como “dolor por el regreso”. Nostalgia era, por ejemplo, lo que sentía Odiseo cuando la ira de Poseidón lo mantenía alejado de su patria, Ítaca, de donde estuvo ausente la friolera de veinte años.
Sin embargo, no vamos a ocuparnos hoy aquí de Odiseo, sino que daremos un vertiginoso salto y nos detendremos en el siglo XIX para acompañar a un moribundo Lord Byron en su añoranza de una Grecia ya desaparecida, la Grecia de la Antigüedad de la que aquí nos hemos ocupado.
Pongámonos en situación. Recordaréis, espero, que Grecia se convirtió en una provincia más de Roma en el 146 a. C. Siglos después, en el año 395 d. C., el emperador Teodosio dividió el imperio en dos entre sus hijos Honorio y Arcadio. Al primero le correspondió el Imperio Romano de Occidente, cuya caída se produjo en el 476 d. C. por las invasiones bárbaras, mientras que el Imperio Romano de Oriente sobrevivió casi mil años más, hasta que en 1453 se produjo la toma de Constantinopla por los turcos.
Pues bien, los griegos permanecieron desde entonces oprimidos por los turcos y su esplendor quedó reducido a ruinas. Sin embargo, en el s. XIX se produjo el despertar de la identidad nacional y los griegos se sublevaron frente a sus amos. En su ayuda acudió Lord Byron, poeta inglés, que enfermó gravemente y murió en Missolongui, en 1824. Precisamente ese, “Missolongui, 1824”, es el título del relato de John Crowley del que procede el texto del que nos vamos a ocupar estos días. En él, como antes os decía, Lord Byron, in articulo mortis, se deja llevar por la nostalgia:

«Tan pronto como mis pies tocaron estas playas, supe que por fin había llegado a mi verdadero hogar. Yo no era un ciudadano de Inglaterra en viaje por el extranjero. No: éste era mi país, mi clima, mi aire. Escalé el Himeto y escuché a las abejas. Subí a la Acrópolis. (Lord Elgin conspiraba a la sazón para saquear los edificios: quería llevar las estatuas a Inglaterra, enseñar a esculpir a los ingleses; a los ingleses que son tan capaces de esculpir como tú de patinar). Estuve en el bosque sagrado de Apolo en Claros: sólo que ya no existe allí ningún bosque, ahora todo es polvo. Tú, Loukas, tú y tus padres habéis talado todos los árboles, y los habéis quemado, no sé si por resentimiento o porque necesitabais leña, pero allí me detuve en medio de las nubes de polvo, a pleno sol, y pensé: He llegado dos mil años demasiado tarde. Ésa era la pena que empañaba mi felicidad, ¿te das cuenta? Yo no menospreciaba a los griegos de hoy, como lo hacían muchos de mis compatriotas, no pensaba como ellos que han degenerado, y que se merecen a sus amos turcos. No, yo me deleitaba con su compañía, muchachas y muchachos, albaneses, suliotas y atenienses. Estaba enamorado de Atenas, de sus calles estrechas y escuálidas, de sus mercados. No hacía excepción alguna. Sin embargo... Cómo deseaba no haberla perdido, y qué bien sabía que la había perdido para siempre. La Grecia de Homero; la de Píndaro; la de Safo. Sí, mi joven amigo: tú conoces soldados y ladrones con esos nombres; yo hablo de otros».
(“Missolongui, 1824”, en Antigüedades, John Crowley)



El texto está plagado de referencias a la Grecia clásica y os toca a vosotros buscar información sobre unas cuantas: Himeto, Apolo, Homero, Píndaro, Safo.
Dejad de lado, por el momento, la Acrópolis y Lord Elgin, pues de ellos nos ocuparemos el próximo día en un encendido y entretenido -¡espero!- debate.